La ruta está marcada

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La semana pasada se aprobó un acuerdo en la Asamblea Nacional que, a mi juicio, representa la solución medular de nuestra tragedia política, es decir, es el instrumento que dibuja la transición posible: elecciones presidenciales libres y transparentes. El resto son fatales deseos que no preñan. Ciertamente, en esas líneas no existen falsas pasiones o frases exaltadas, sino que, al contrario, muestran unas ganas sinceras de recuperar el voto como elemento crucial para resolver nuestras diferencias políticas.

Aparentemente, van confluyendo las fuerzas para alcanzar –como lo dice el documento- un “acuerdo político perdurable que ofrezca garantías para ambas partes”. De manera que hoy podemos ser más optimistas. Dicho acuerdo, simboliza –para mi gusto- la mejor alternativa para restablecer confianzas; generar la estabilidad política futura que todo gobierno requiere; volver una senda de crecimiento económico sostenido; y lograr una atmósfera saludable de convivencia nacional necesaria y urgente.

Progresivamente, se está entiendo que no negociar solo servirá para fortalecer  el actual Estado fallido. Aunque uno quisiera que el entendimiento nacional llegue más rápido, de todos modos, se aplaude con entusiasmo que las partes están renunciando a intervenciones extranjeras o golpes de Estado. Gracias al cielo se está reconociendo que es más barato reconstruir mediante negociaciones que trayendo 50 mil militares con probabilidad incierta de que mantengan un orden.  Bien simple: Están quedando muy pocos que no terminan de comprender que, si no acordamos, perdemos todos.

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El inevitable triunfo de una mayoría organizada

Es irrefutable la inviabilidad del régimen de Nicolás Maduro. ¿Quién pudiera negar que su administración está llena de defectos y desequilibrios que solo llevan sufrimiento y agonía a todos los venezolanos? Sin embargo, aún resisten algunos porque se sostienen mediante una industria criminal bien alimentada que no quiere perder sus privilegios. Y aquí debemos hacer un énfasis especial: Estamos obligados a persuadir a esos pocos –pero fundamentales- de que a todos nos convienen la solución del conflicto y que de nada sirve seguir sobreviviendo en base a negocios ilícitos y a costa de la destrucción generalizada de la sociedad venezolana. Quiere decir: hoy te alimentas de un Estado fallido que mañana no es garantía de nada.

Insisto, lamentablemente, aún queda un sector que no le golpea la “ración de patria” que sí afecta a la mayoría ciudadana cuando no le llega el agua o la electricidad por varios días o no puede cumplir con su tratamiento oncológico; todavía existe un grupo que no le conviene que se resuelve este drama social por la vía electoral; y por ello, poco le importa la debacle porque consideran que se benefician a mayor escala manteniendo el estado actual de las cosas. No obstante, no podemos cansarnos de decir que sí hay remedio para corregir el comportamiento de estas minorías, pues, está demostrado que las mayorías organizadas tienden a triunfar; pero necesitan un arma valerosa: el voto. He ahí la ruta.

Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

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