La esperanza que abriga el diálogo

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Pasan los días y aumenta la incertidumbre en el país. Pareciera que estuviéramos condenados a vivir en un eterno festival del caos dominado por cuatro paranoicos huyendo de la justicia. Desafortunadamente, la crisis se prolonga porque los protagonistas no terminan de comprender que la nación está por encima de ellos, e insisten alimentando sus egos y fortaleciendo –únicamente- sus propios intereses.

Por suerte, desde el Vaticano hasta los rusos están obligando a las partes a retomar el diálogo, y podríamos abrigar la esperanza de que gane el buen sentido reiniciando las conversaciones en Barbados la próxima semana, pues,  llegar a un acuerdo donde la crisis política pueda ser resuelta por medio de elecciones democráticas es lo que demanda la mayoría ciudadana. Claramente, la representación mayoritaria del país no quiere ir a una guerra civil ni mucho menos sufrir una intervención extranjera.

También por buena ventura, parece que Nicolás Maduro ha entendido que hoy somos un país económicamente inviable y en solitario no podrá restablecer el funcionamiento de la economía nacional, por lo tanto, se prevé que reconsiderará y volverá a la mesa de negociación, y su último gesto fue solamente un berrinche de adolescente o para nutrir un poco a la base oficialista extrema por un ratito.

Converger en un acuerdo

Lo que debería surgir de las conversaciones entre oficialismo y oposición es converger en un acuerdo donde todos podamos sentirnos parte, sin trampas, sin zancadillas e instalar con mucha fuerza la idea de que los discursos de odio y violencia son nocivos para el presente y el futuro del país, porque si no, la situación empeorará y el 44% venezolanos que quieren irse hoy (según Consultores 21) pasarán a ser 80% o más mañana, o los 6.8 millones de hambrientos desconsolados hoy serán 10 millones el próximo año.

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Esta pausa que hizo el gobierno de Maduro en el proceso de diálogo ni a ellos mismos le conviene, porque el transcurrir de los días acrecienta el drama social y se inflan las condiciones destructivas en el país, razón por la cual, el ambiente es insufrible para todos.

Lamentablemente, dejamos de ser un país normal y toda la suerte de la República gira en cada ronda de negociación entre oficialismo y oposición; la posibilidad de la paz para todos se teje en cada sesión de diálogo; la ilusión de ser país se apuesta en cada punto y coma de los acuerdos futuros; y la esperanza de ser tierra de gracia renacida se juega en esas conversaciones. No fallemos otra vez.

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